Como no podía resultar de otra manera, a falta de fútbol, la pasión resultó suficiente al Nápoles para vencer a un Villarreal en un periodo de indefinición, irreconocible en estos momentos, sin nada que le distinga e identifique, carente de alma y de juego, superado de principio a fin en seis encuentros por los tres rivales que le han tocado en la Liga de Campeones y que han destapado sus carencias actuales. Hasta el punto de no lograr ni un mísero punto en una competición demasiado grande para equipos intrascendentes y convirtiendo al conjunto de Garrido en el peor representante español en la historia de la máxima competición continental a nivel de clubes con el formato moderno.