Nada ilustra mejor las contracorrientes políticas, los intereses especiales y las miopes decisiones económicas que afectan a Europa hoy día que el debate sobre la reestructuración de la deuda pública griega. Alemania insiste en una profunda reestructuración —un “recorte” de al menos el 50% para los acreedores— mientras que el Banco Central Europeo insiste en que las reestructuraciones de deuda deben ser voluntarias. En los viejos tiempos —piensen en la crisis de la deuda latinoamericana de 1980— uno reuniría a los acreedores —grandes bancos en su mayoría— en una sala pequeña y negociaría un acuerdo, con una dosis de engatusamientos, o incluso presiones por parte de los Gobiernos y los reguladores, ansiosos por recuperar rápidamente la estabilidad

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La captura del BCE